Hay restaurantes cuya experiencia comienza mucho antes del primer bocado. El restaurante OKA, en el recién inaugurado Hotel Taoro del Puerto de la Cruz, pertenece a esa categoría. Atravesar la entrada del Hotel rodeada de exuberantes jardines y presidida por una gran plaza central, transmite una sensación de elegancia serena que predispone a disfrutar de un almuerzo especial.

En este escenario se encuentra OKA, la nueva propuesta de Ricardo Sanz, pionero de la alta cocina japonesa en España y referente de la fusión japo-mediterránea. Su trayectoria, avalada por décadas de excelencia y reconocimientos Michelin en el sur de Tenerife, se traduce hoy en un concepto más íntimo, donde la técnica y el producto son los grandes protagonistas. Junto a él, el chef Emiliano Liska (en la foto) aporta una lectura contemporánea, construida desde el equilibrio, la sensibilidad y el respeto por cada elaboración.

El menú avanzó con una ejecución impecable. Entre los platos que dejaron mayor huella destaco la delicada sopa dashi aromatizada con lemon grass y hoja de lima, un caldo de pescado de extraordinaria profundidad y equilibrio. Otro de los grandes aciertos fue el senbei crujiente de chipirón que acompañó al sashimi de vieira, chorizo y migas, un plato lleno de contrastes. El recorrido continuó con un tartar de atún picante, huevos rotos y chips de papa canaria, una mezcla japo-canaria contundente y sabrosa que dio paso a un refinado surtido de nigiris, entre los que resalto el de huevo de codorniz con trufa y un divertido bocado inspirado en la pizza, ejemplo del carácter creativo y contemporáneo que define la propuesta de OKA.

Mención especial merece el carabinero templado, acompañado por un intenso jugo elaborado con sus propias cabezas y arroz Koshihikari. Un plato elegante, profundo y técnicamente muy preciso.

El apartado dulce mantuvo el nivel con una refrescante sopa de mango, jengibre y helado de coco, seguida por un milhojas cremoso de chocolate con shiitake confitado y tofe de plátano. Fue un cierre equilibrado y sin excesos.

El maridaje merece una mención aparte por su solidez y coherencia. Sobresalió el sake frío servido en copa, sin filtrar ni diluir, con 17º, que aportó pureza y tensión al conjunto. Le siguieron referencias bien seleccionadas: champagne Billecart-Salmon Le Blanc de Blancs, manzanilla Aurora y un malvasía dulce de Paisaje de las Islas, que cerró el recorrido con un matiz dulce y aromático muy acertado.

El servicio estuvo a la altura del entorno: atento, cercano y perfectamente sincronizado.

La propuesta ofrece un notable dominio técnico, un excelente producto y una ejecución muy cuidada en cada pase, pero todavía se percibe cierta falta de rodaje en la construcción global del menú. Hay platos que, por sí solos, justifican la visita, aunque el recorrido aún no termina de alcanzar un clímax emocional sostenido.

Con todo, OKA se presenta como una incorporación de gran nivel a la oferta gastronómica de la Isla. Eso sí, la cocina refinada, precisa y contemporánea, se percibe más como un proyecto en plena maduración que como una propuesta completamente asentada. Precisamente por eso, resulta interesante seguir su evolución en los próximos meses. En mi caso, la curiosidad me llevará a regresar para descubrir la experiencia desde la barra Omakase con Emiliano Liska. La conexión entre cocinero y comensal terminará de revelar, seguro, todo su potencial.