Viajar a Madrid siempre es una celebración. Suelo repetir dos veces al año, pero esta vez tenía un sentido especial. Quise regalarles a mis dos sobrinas (adolescentes curiosas, inquietas y contagiadas por mi pasión, la gastronomía) cinco días intensos en una ciudad donde el gentío y la calidad compiten constantemente por ocupar lo más alto del podio. Y en el centro de esa experiencia nos esperaba la barra de StreetXO, el universo más canalla y vibrante de Dabiz Muñoz. De ahí el título de este texto. Él mismo ha hecho de esa expresión casi una declaración de identidad. Y en el contexto de StreetXO suena coherente, provocador y fiel al personaje.


«Percibes el estrés, el ruido, el humo, los gritos y el desenfreno constante de la cocina-sala»
Nuestro viaje fue un no parar. Alternamos museos, Thyssen-Bordemisza, Prado, Sorolla, con peregrinaciones golosas: desayunos en Bröd, donde el aroma a mantequilla, masa madre y a sus famosas conchas, nos daba los buenos días; paradas dulce, improvisadas y cafés lentos como en el Museo del Romanticismo o Motteau, donde el tiempo parece discurrir a otro ritmo. Nos dejamos tentar por la elegancia clásica de la Pastelería Torreblanca (Mercado de La Paz) y rendimos homenaje a la tradición en casas históricas como Lhardy o Casa Labra. También hubo tiempo para el turrón artesano de Casa Mira, que sabe a infancia, a familia y a Navidad.


Pero la noche de StreetXO fue, sin duda, el clímax emocional y gastronómico del viaje. Sabía que a mis niñas les iba a encantar. Desde que cruzaron la puerta sintieron que no iba a ser una cena convencional. Música alta, luces bajas, casi de cabaret, espejos, barra alta y cómoda, ambiente casi teatral por la proximidad al personal que monta los platos a la vista. Percibes el estrés, el ruido, el humo, los gritos y el desenfreno constante de la cocina-sala.

Observé a mis sobrinas con emoción, mientras se movían, grababan, sonreían, bailaban o fotografiaban a ritmo de la música tecno del UniverXo Daviz Muñoz, de base contundente y repetitiva, donde se elimina cualquier atisbo de solemnidad y donde se rompe con la liturgia clásica de la alta cocina. Aquí no se susurra se grita. Aquí se vive a pulsaciones altas. La música construye relato tanto como los platos. Un viaje tan heavy como el que ofrece la película Sirat, galardonada con seis premios Goya y dos nominaciones al Oscar por su música rave envolvente y electrizante.

El menú es una puta locura, de sabor, contrastes imposibles, picantes y sabrosos: Hot Dog Japo-koreano, Dumpling Pekines, Arroz a la Cubana, Wontón Frito de Txistorra de Arbizu, Croquetas de la Pedroche, Bun Cha Dubai, Lasaña Koreana, Vaca Rubia a la brasa con ensalada vasco-vietnamita. Y la coctelería: Diverso Líquido Madrizzzz y Laia Pitaya.
Y así comprendimos que el verdadero impacto no está solo en el sabor, sino en la atmósfera envolvente que te absorbe y te hace formar parte, aunque sea por unas horas, del universo creativo de Dabiz Muñoz.


Cada bocado un desafío, una sacudida, una emoción. Y eso era exactamente lo que yo quería compartir con ellas: la gastronomía, la experiencia, la cultura viva, la aventura y el sabor de vanguardia que ofrece la gran city de Madrid.
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