En la infancia aprendemos a creer en los cuentos. Después dejamos de creer en los Reyes Magos, pero hay quienes continúan creyendo en otro relato igual de seductor: que existe una única persona destinada a hacernos felices. Hollywood ha cambiado los castillos por ciudades, pero el mensaje sigue siendo el mismo: «Cuando encuentres a la persona adecuada todo encajará».

Desde mi modelo terapéutico sabemos que muchas veces el sufrimiento no nace de la realidad, sino de la idea rígida que construimos sobre ella. Proyectamos todo aquello que deseamos encontrar: seguridad, estabilidad, felicidad, comprensión absoluta. Dejamos de ver quién es esa persona para contemplar únicamente quién necesitamos que sea. Y cuando la realidad aparece, inevitablemente distinta a la fantasía, llega la decepción.

Si realmente existiera una única persona predestinada, el destino sería una lotería extraordinariamente cruel. ¿Y si hubiera nacido en Kazajistán mientras la buscamos en España? La idea resulta casi absurda, pero muchas personas organizan su vida como si fuera cierta. Quizá la pregunta correcta no sea: «¿Quién es la persona perfecta?», sino: «¿Con quién podemos construir un proyecto de vida?».

Las relaciones no fracasan porque cambien las personas. Fracasan cuando pretendemos que no cambien. Lo que enamora a los veinticinco años puede resultar insuficiente a los cuarenta. Y eso no convierte la historia en un error. Significa simplemente que ambos han evolucionado.

Una pareja sana no permanece inmóvil. Se redefine constantemente. Mientras dos personas siguen creciendo juntas existe relación. Cuando dejan de hacerlo, a veces el acto más saludable no es resistirse al cambio, sino aceptarlo con respeto.

Debemos entender que la felicidad no depende de encontrar a alguien perfecto, sino de abandonar las soluciones intentadas que nos mantienen atrapados. Quizá el verdadero éxito de una relación no sea que dure para siempre, sino que, dure lo que dure, ambos salgan de ella siendo mejores personas de las que eran cuando se encontraron.

Porque el amor no consiste en encontrar un cuento de hadas, sino en construir, día tras día, una realidad compartida.