Fotografía / Déborah Torres – Retoque digital / Elena de la Cruz
Irene Dorta Suárez (Santa Cruz de Tenerife, 1979) necesita entrenar, meditar y sonreír. Es su terapia para afrontar con la mejor salud el día a día en familia y la dirección de su clínica. La doctora es odontóloga, ortodoncista y triatleta, deporte que descubrió gracias a su marido, Javier Grau. Madre de Sara y Diego, también saca tiempo para Kimba, una border collie «ya mayorcita», que es la que nos queda tras la muerte de Troy, un cocker inglés que, igualmente, le robaba el corazón. Así es esta mujer: pura energía, que canaliza con la práctica de yoga iyengar.
En la actualidad («las prioridades cambiaban por completo») ha dejado de lado la bicicleta y se centra en las carreras, la natación y el yoga. Tiene claro que el deporte la saca de los pensamientos negativos: «Cuando corro mirando el mar mi cabeza se evade, con la natación calmo emociones al oír solo el agua deslizándose por mi cuerpo y gracias al yoga medito y conozco mejor mi cuerpo».

«Una sonrisa amable, ser feliz y estar siempre alegre da buenos resultados»
Gestionar una clínica con veinticinco personas empleadas no es fácil, «conlleva mucha responsabilidad», dice con serenidad. Por eso, necesita entrenar, moverse. Es su terapia para afrontar los problemas a los que se enfrenta a diario: «Mi marido me ha enseñado a que no es posible desvincularte del deporte. Somos seres vivos activos. Quedarse en casa no es opción. Nos gusta disfrutar del sol, del aire y de la lluvia. Buscamos excusas para salir. Nos encanta, de igual forma, ir a la finca a coger manzanas y podar los árboles».
La familia es esencial en el esquema vital de la doctora Dorta, pues sin la ayuda de su marido y de su madre y de su padre, Rosa Gloria y José María, no podría impartir clases en la Península (otra de sus ocupaciones) e ir a congresos y a cursos de formación. Ante la vorágine de los días aprovecha al máximo el tiempo desde primera hora de la mañana. «Despertarse con una sonrisa es lo mejor que puedo enseñarle a Sara y Diego. Dar los buenos días sonriendo, dar las gracias por abrir los ojos y que no falten los besos y abrazos es una delicia», afirma.
Irene Dorta sabe que con esta actitud la jornada solo puede ir bien: «Una sonrisa amable, ser feliz y estar alegre siempre da buenos resultados. Traslado ese sentimiento y noto que cuando no puedo más, quienes me rodean me abrazan y me transmiten lo que yo siempre doy. Entonces, me devuelven la calma».

Con estos cimientos, no sorprende que en la clínica que dirige en la Capital tinerfeña la confianza y cercanía formen parte de su identidad corporativa. En ella, la ortodoncia apasiona, pues «me da la posibilidad de ver la odontología desde una visión integral». Al respecto, apunta que «es imposible que sin una boca sana el movimiento de los dientes sea satisfactorio». Por eso, sale al paso de quienes tildan a la ortodoncia como una moda. Así, subraya que se realiza desde 1960 y que cada vez más se propone durante la infancia «para evitar, luego, tratamientos de ortodoncia eternos. Se trata de dirigir el crecimiento esquelético, lo que impedirá en el futuro grandes apiñamientos dentales, asimetrías y dolores articulares y musculares».
La afección del bruxismo forma parte, también, del día a día de la atención odontológica y no es más, observa la doctora, que una señal de auxilio de nuestro cuerpo, «por lo que no solo debemos tratar esa reacción sino averiguar qué lo está desencadenando».
No hay duda: una mala salud dental afecta al resto del organismo. Se habla, incluso, de que la diabetes, el alzhéimer o las patologías cardiovasculares se agravan si no se cuida la salud bucodental. Dorta lo sabe. Es consciente de que lo que afecta a la boca se puede trasladar al resto del cuerpo: «Las bacterias de la boca hay que mantenerlas a raya, no podemos permitir que proliferen. Si eso ocurre comenzamos con los problemas de salud oral como las caries, que dañan la estructura de los dientes, y la enfermedad periodontal, que destruye los tejidos de soporte dental». Por otra parte, indica que «las Porphiromonas gingivalis son unas bacterias orales que, si entran en el torrente sanguíneo, pueden migrar al cerebro causando inflamación y acelerando el deterioro cognitivo, o llegar, incluso, al corazón». Añade, además, que las personas con diabetes tienen hasta tres veces más riesgo de padecer periodontitis severa.

Conocedora de los riesgos, la doctora no se anda con rodeos a la hora de los cuidados: «Lo más importante es el cepillado, beber agua, mantener el pH alcalino de la saliva y respirar por la nariz, nunca por la boca, para que no se irriten las encías».
Según la última encuesta de salud del INE, más de la mitad de la población canaria se olvida de visitar al dentista con la frecuencia recomendada: cada seis meses o, como mínimo, una vez al año. Este descuido de algo que se debería tener presente podría deberse a que todavía hay quienes le tienen pánico a la consulta o por motivos económicos. No obstante, Irene Dorta asegura que sucede por la falta de tiempo que solemos tener. «Por tema económico, ni lo contemplo, porque no es caro ir al dentista si lo comparamos con otros profesionales de la salud. Lo que se vuelve complejo es tratar una lesión dental que se podía haber evitado. La mayoría de mis pacientes, aunque también vienen de la ortodoncia y los reviso anualmente, solo tienen un gasto anual que corresponde a la limpieza dental», sostiene. En cuanto al pánico, la doctora no lo considera: «Empatizamos mucho con la sensibilidad de cada paciente, aparte de que el dolor durante la atención ha desaparecido gracias a los avances en anestesia».
Salta a la vista que a Irene Dorta le encanta su profesión. Es muy transparente, clara, concisa y transmite, al igual que hace su equipo, todos los pormenores del cuidado médico. Así ha crecido y así la conocen.
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