“Diría que hay algo casi revolucionario en pararse unos segundos a pensar.”

«¡Mira que hacía años que no pasaba tanto frío!», escucho últimamente. Que alguien me lo explique: ayer hubo calima y el Teide sigue nevado. «¡Qué dices muchacha! ¡Este vaivén meteorológico nos vuelve majaras!» Y el estado de ánimo, claro, es imprevisible, contradictorio y caprichoso. Pues yo me siento como una cebolla con mil capas de ropa que voy pelando a medida que el Sol se asienta. Y luego llega la tarde con ese aire que hiela, sobre todo a la sombra. Pero toca sacar a la perra. Cojo el chubasquero, aunque sé que no será suficiente y que el frío terminará metiéndose entre mis huesos. Pero ya estoy llegando a la puerta y no voy a dar media vuelta. Me armo de valor: el frío ayuda a la circulación. Inhala, exhala. Y así un par de veces más. Respirar es el acto más automático que tenemos y, quizás, el que más atención requiere. Es algo que he aprendido en estos últimos años. Ventolera, inhala. Chipichipi, exhala. Al final te acostumbras y danzas. Le plantas cara. Hasta te relajas. Y, tras quince minutos, llegas a casa. No fue una tormenta épica. Fue un corto paseo. Y calor al llegar a casa. Un privilegio. Y más hoy en día que la realidad abruma y desgasta. Diría que hay algo casi revolucionario en pararse unos segundos a pensar. Sin pódcast. Sin música. Sin esa voz de fondo que llena cada silencio. Solo tú y el sonido del Mundo. Que igual nuestra humanidad florecerá. Y este frío se irá.