He tenido que peinar alguna que otra cana para poder asumir con fundamento que la vida se cimenta por etapas. Algunas se celebran, otras se resisten, (hacen bullying), y las que más solo las aceptamos cuando llueve sobre mojado.
Durante décadas has cocinado un guion iniciado desde pañal, crecer, formar una familia… Por suerte, la sociedad ha evolucionado. Los modelos familiares se diversifican, las trayectorias vitales se flexibilizan y la madurez deja de ser una antesala del declive para convertirse en una fase fértil, consciente y serena, cargada de sentido.
Cada capítulo implica una energía distinta. La juventud pide impulso, la parentalidad, para quien la vive, conlleva entrega, y la madurez requiere honestidad. Para quienes han tenido prole, el momento «síndrome del nido vacío», pilla siempre con la guardia baja. Al desconcierto inicial que provoca el silencio del hogar, le sucede la oportunidad de reencontrar la persona que quedó en pausa durante la crianza.
La vida nos transforma en cada tramo; nuestros deseos, sin sutilezas, a adaptarnos y ser artífices de nuestros propios destinos.
En ocasiones incluso nos castiga nos asaltan provocando añoranza. Otras veces nos rebelamos y exigimos respuestas: ¿por qué a mí? Quizás la reflexión que corresponde es ¿y por qué no? Conviene recordar que es un privilegio ir superando ciclos.
Despacio nos vamos conociendo mejor, aprendemos a querernos, a cuidarnos y a ignorar aquello que permanece al acecho. La bendita experiencia manifiesta la obviedad del dicho, «las comparaciones son odiosas» y de muy propio año, aporta considerables infelicidades. Descoger amistades es siempre de capital importancia, pero si hay un período donde priorizas cuando el calendario se acelera. En este trecho es un acto de supervivencia el desprendernos de los vínculos que pesan y exigir con contundencia compartir tiempo, risas y confidencias.
Los cambios están bien si se afrontan con serenidad, sin oponer resistencia, reflejan inteligencia emocional y aportan tranquilidad, que no es poco. Nunca habíamos vivido tanto ni, paradójicamente, con tanta necesidad de darle sentido a nuestras existencias. Entremos, por tanto, trabajamos la mente y protegemos la estabilidad emocional con ahínco.
Aquí y ahora, la etapa presente, merece actitud e ilusión. Échémosle ganas. Solo se vive una vez.
Comentarios recientes