Una tarde de 1992 mi profesora de natación nos miró desde el borde de la piscina y nos dijo que no era de este planeta. Aclaró, con absoluta serenidad, que unos extraterrestres le habían confiado un mensaje de la Virgen María. Y es que según recogía la prensa local, unos seres venidos del espacio habían aterrizado en la corona forestal de Los Realejos. Las personas que estuvieron allí (a mí no me dejaron ir) cuentan versiones contradictorias: hubo quienes sí los vieron y quienes no. Siempre funciona así: la fe es selectiva.

He pensado muchas veces en eso. ¿Qué se ve cuando se ve? ¿Y qué se desea ver? Años después llegaron los nuevos profetas, envueltos en sedas prestadas y haciendo negocio con almas ajenas. Retiros espirituales, iluminación con datáfono y prometiendo la curación mágica, sagrada, sin esfuerzo. Porque el karma, al parecer, acepta transferencia bancaria.

Desconozco qué fue de mi profesora. A veces la imagino montando un centro espiritual en algún polígono lleno de ordenadores, teléfonos y vallas gigantes en las autopistas. Tal vez volvió, simplemente, a dar clase. No siempre hay mala fe. A veces hay fe a secas. Y la fe, cuando se desborda, arrastra.

Me pregunto cuándo empezamos a entregar nuestra energía (palabra que nadie sabe definir pero todos pagamos) a personas formadas en 48 o 72 horas. Especialistas exprés en traumas ajenos. Quizás el verdadero milagro no sea ver a la Virgen en un monte. Sino entender por qué queremos verla. Por qué necesitamos que alguien nos diga que hay un plan. Nunca supe si apareció.