Antonio García y Enrique Alfonso. Fotografía / Elena de la Cruz

En la bodega Altos de Trevejos, en San Miguel de Abona, no pasa el tiempo. Antonio García y Enrique Alfonso hablan despacio para no estropear el silencio. El primero, de noventa años, lleva seis décadas vinculado a la Casa. El segundo, propietario de la empresa, dirige con destreza una de las compañías vitivinícolas más reconocidas de Canarias.

Don Antonio nació en 1936 en el Realejo alto y con solo catorce años caminó al Sur de Tenerife para ganarse el pan en las tomateras de El Médano y con el tiempo trabajar junto a la familia Alfonso.

El vino empezó a producirse en una casona canaria de 1800, sita en el casco histórico de San Miguel, en un enorme lagar que hoy preside el patio principal de la vivienda, ejemplo de arquitectura tradicional. Cerca, la iglesia de San Miguel Arcángel también está construida con la piedra chasnera de la zona, sostén de innumerables barricas de roble, garrafas y garrafones que todavía hoy cuentan historias. Alforjas de camellos, queseras, cestas, aperos, yugos y arreos para bueyes y cabras que ya no pastan reviven, también, la pasión por el acervo.

Hoy en día, la Bodega se ha modernizado y comercializa los celebrados Mountain Wines, vinos de altura salientes de los viñedos de Altos de Trevejos, en Vilaflor, a 1300 metros de altura, y los sorprendentes brut nature de listán blanco y listán prieto elaborados con el método champanoise.

Tradición y vanguardia conviven en un espacio único abierto, además, al turismo de calidad y a celebraciones. «Ofrecemos una experiencia singular tanto en nuestros viñedos cerca del Teide como en este privilegiado entorno del casco histórico de San Miguel, declarado Bien de Interés Cultural en 2013. Reivindicamos identidad, autenticidad, en una propuesta de presente y futuro», apunta Enrique Alfonso, salvaguarda de la Casa del Capitán y de tantas querencias tranquilas.

Don Antonio descansa a la fresca. Dice que come y duerme bien y que no tiene dolores, pese a haber recibido a lo largo de su vida algunos golpes. Normal. Sus días se llenaban de cargar y descargar camiones a palas y cubos, de ir a buscar leña a Las Cañadas con una mula o de deshijar piñas de plátanos. «Hasta azafrán he plantado», dice con sorna este maestro de la tierra.