Poco se habla de lo bien que huelen las calles cuando hace frío en diciembre. Me di cuenta de eso mientras caminaba
de camino a La Cosecha, una verdulería ecológica donde hacen un potaje de calabaza, zanahoria y bubango riquísimo. El caso es que, de repente, un aroma a madera quemada me envolvió al doblar la esquina y no pude evitar sentirme arropada. ¿Le damos, por fin, la bienvenida al frío? Yo, por lo menos, ya no puedo dormir sin calcetines. ¡Bailemos! Celebremos al son del viento mientras la tierra se hidrata y nos retiene en casa. No sé ustedes, pero cuando llueve abro las ventanas para ver la grandeza que nos rodea y conmueve. Cuando truena se estremece toda mi espalda.

Es realmente emocionante oír al Cielo como canta. ¡Velas preparadas! Que la electricidad es lo primero que falla, pues no es rival para las nubes grises, repletas de agua y energía. Es por la mañana y después de todo se respira calma. Un consejo: aprovecho para recoger agua y así regar mis plantas domesticadas. Porque hay que ser agradecida cuando la naturaleza habla. Y es que existen rituales, cánticos y danzas que aclaman a la lluvia, imitan a los truenos con látigos para «alejar al tigre de los sembradíos y reforzar su vínculo con la tierra» (Danza de los Tlacololeros, México). «¡Qué llueva, qué llueva! / ¡Los pajaritos cantan! / ¡Las nubes se levantan! (…) ¡Y que caiga un chaparrón, con azúcar y turrón!» Aunque yo prefiero potaje de berros y el rico flan de coco de mi abuela, Maribel. ¡Felices Fiestas!